¿Por qué evitamos mirarnos?
Hay algo que observo con mucha frecuencia en consulta.
Y, siendo honesta, no me sorprende.
Porque yo misma lo hago.
A pesar de dedicarme a la cirugía y medicina estética facial, no soy una persona especialmente pendiente de mi imagen. No me hago selfies. No me miro en redes. Apenas me detengo en el espejo.
De hecho, más allá de alguna toxina puntual, no encuentro el momento para hacerme tratamientos de piel.
Eso sí: si pudiera, me haría un endolifting. Y algún día se lo pediré a algún compañero, porque evidentemente no puedo hacérmelo a mí misma.
Pero lo interesante no soy yo.
Son los pacientes.
En la consulta, cuando conozco a alguien por primera vez, utilizo un espejo plegado de tres lamas. Lo despliego frente a ellos para explicar el análisis facial, los volúmenes, los planos, lo que vemos y lo que podemos mejorar.
Ese espejo permite verse desde múltiples ángulos al mismo tiempo.
Y ocurre algo llamativo:
La mayoría de los pacientes evita mirarse.
No es una evitación puntual. Es clara. Sostenida. Intencionada.
Hasta el punto de que en algún momento me he planteado cambiar el espejo.
Pero en realidad no es el espejo.
Es algo más profundo.
Tiene que ver con algo que repito muchas veces en consulta:
Somos mucho más críticos con nosotros mismos de lo que lo son los demás.
La gente que nos quiere nos ve bien, incluso nos ve guapos.
Y, sin embargo, nosotros tendemos a fijarnos casi exclusivamente en nuestros defectos.
Mirarse de frente, desde todos los ángulos, obliga a enfrentarse a esa mirada crítica interna.
Y no siempre apetece.
Hay algo que todavía no he comprobado —y me parece especialmente interesante—:
Si esta actitud cambia después de la cirugía.
Cuando el paciente vuelve, cuando analizamos resultados, cuando hay una mejora objetiva…
¿se miran más?
¿se permiten verse?
Lo observaré.
Porque quizá el cambio no sea solo físico.