Neuromoduladores: controlar el gesto, no la expresión
Utilizo los neuromoduladores para algo muy concreto: controlar los gestos de la cara.
No me interesa borrar arrugas ni dejar rostros sin movimiento.
Me interesa cambiar las expresiones que no nos representan:
esas miradas cansadas, cejas caídas, comisuras hacia abajo o gestos de enfado que se quedan ahí sin querer, y que proyectan algo que no somos.
Cuando un rostro tiene tensión muscular constante, transmite dureza, tristeza o cansancio.
El neuromodulador me permite liberar esa tensión y recuperar una expresión más amable y coherente con la persona que hay detrás.
Reeducar el gesto
Cuando los neuromoduladores se aplican con cierta regularidad —cada seis meses, no más—, las caras cambian para bien.
Es como si volvieran a aprender a gesticular.
Los músculos dejan de contraerse de forma automática y el rostro se relaja.
Esa es la palabra: relajado.
Un rostro relajado no muestra rigidez ni esfuerzo.
Y por eso da tan buen aspecto, aunque nadie sepa explicar por qué.
Lo que me gusta tratar (y lo que no)
Me gusta abrir miradas, elevar ligeramente el labio, suavizar gestos de enfado o tristeza.
Y también me gusta corregir asimetrías.
Es un campo donde la toxina ofrece resultados increíbles cuando se usa con precisión.
Pequeñas diferencias de tono muscular pueden modificar completamente la armonía del rostro, y ajustarlas es casi un trabajo de orfebrería facial.
No tengo nada contra las arrugas frontales horizontales:
solo las trato cuando el paciente me lo pide.
No las considero parte de esos gestos negativos que quiero eliminar.
No todo lo que se mueve está mal; la expresividad también forma parte de la identidad.
Modulo sin bloquear
El neuromodulador, para mí, es un juego de precisión.
Me permite modular sin bloquear.
Porque la función muscular es sagrada: perderla significa alterar la expresión natural.
Siempre explico a mis pacientes que, si pongo demasiada dosis en un punto, estoy poniendo una escayola.
Y el músculo que no se mueve se atrofia y pierde volumen, algo que no queremos que ocurra en la cara.
Por eso prefiero pequeñas dosis en puntos estratégicos, ajustadas a cada gesto y a cada persona.
No se trata de paralizar, sino de equilibrar.
Naturalidad y coherencia
El resultado que busco con los neuromoduladores no es la perfección, sino la coherencia facial:
que el rostro exprese lo que la persona siente realmente.
Una cara relajada, abierta y sin tensión transmite bienestar y serenidad.
Y eso, más que cualquier arruga, es lo que rejuvenece.
💡 El buen uso de los neuromoduladores no congela la expresión: la devuelve a su sitio.