La medicina que cura… y la que duele

Hace unas semanas murió una de mis pacientes. Tenía 84 años. Llevábamos casi quince años juntas, desde el primer tumor: cirugía, revisiones frecuentes, la vigilancia constante de una posible recidiva, luego quimioterapia, radioterapia… y finalmente esa última recidiva, inoperable, desproporcionada, agresiva. Incontestable.

En quince años conoces a una persona más allá de la enfermedad. Conoces a su familia, sus costumbres, su forma de estar en el mundo. Ella venía siempre con su hija y me actualizaban de sus nietos. Me traía pequeños detalles: un bolso grabado con mi nombre, un neceser con el de mi hija. Cosas hechas con cariño. Cosas que una guarda.

Las últimas revisiones ya fueron telefónicas. Estaba en manos de cuidados paliativos. Yo llamaba con ese nudo en el estómago, esperando que en una de aquellas conversaciones su hija me dijera que ya no estaba. Y un día ocurrió.

La hija vino a verme poco después. Me trajo un colgante con una libélula que su madre había preparado para mí pensando en las Navidades. Un gesto precioso que ahora llevo puesto. Lloré. Siempre duele. Da igual los años que lleves en la profesión: perder un paciente duele. Pero nadie nos enseña a gestionar esa parte.

A los médicos nos forman para curar, tratar, aliviar, mejorar la calidad de vida.
Pero no nos enseñan a acompañar el final, ni a sostener el silencio que ocupa ese espacio, ni a convivir con la sensación de que quizá podríamos haber hecho más, aunque sepamos que no es así.

Hablé largo rato con la hija sobre cómo vivieron el final. Madre e hija estaban profundamente unidas. Vivían prácticamente al lado. Mi paciente nunca se quejaba. Siempre decía que estaba bien. Su hija nunca la dejaba sola. Siempre la animaba. Las dos sabían que era el final, pero ninguna se lo verbalizaba a la otra.

Ese pacto silencioso entre las dos me pareció de una belleza difícil de describir.
El amor, entendido como priorizar al otro incluso en el momento más vulnerable. La entrega absoluta. La voluntad de proteger al otro hasta el último tramo.

La hija me preguntó si lo habían hecho bien, si esa “normalidad” que mantuvieron hasta el final había sido lo adecuado. Yo lo vi precioso. Porque cada familia encuentra su forma. Y porque no hay una única manera correcta de despedirse.

Doy gracias a mi profesión por permitirme vivir momentos así.
No dejan de doler —ni deben dejar de hacerlo—, pero también recuerdan por qué hacemos lo que hacemos.

La medicina cura muchas cosas.
Pero también muestra algo que no aparece en ningún manual:
la vida real, el amor real, la humanidad real.

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