Lo que vemos, lo que somos y lo que ven quienes nos aprecian

Vivimos rodeados de pantallas. Y aunque creemos que nos seguimos evaluando ante el espejo del baño o el de la entrada, la verdad es que ya no es así. Hoy nuestra autoimagen viene, casi sin darnos cuenta, del móvil. De esa cámara que nos acompaña a todas partes y que convierte cada gesto en un juicio silencioso.

Pero hay una realidad mucho más fiable: la imagen más verdadera es la que tienen de nosotros quienes nos quieren y nos aprecian.

Hace poco contraté a una empresa para que me ayudara con las redes sociales —especialmente Instagram—, porque no me gusta verme en cámara ni mostrarme. Siempre veo mis defectos en primer plano: el peso, los años que pasan, los cambios de la cara, los brazos… una lista interminable que solo yo veo ampliada. Cuando me enseñaron uno de los reels donde aparezco, mi primera reacción fue dura, injusta, automática.

Se lo enseñé a mi hija. Su respuesta fue sencilla:
“Mamá, estás bien.”

Ella no vio lo que yo veo. No amplificó nada. No señaló nada. Para ella —que me conoce y me quiere— esa soy yo. Y no hay filtro más honesto.

Y justamente esta semana en la clínica me ocurrió algo que ilustra perfectamente todo esto:
Realicé un endolifting a una paciente a la que conozco desde hace tiempo. El cambio fue evidente nada más acabar: la piel más firme, el contorno más definido, la luz del rostro completamente distinta. Cuando salió, su hermana —que la estaba esperando— la miró y le dijo:
“Pero si estás igual… ¿qué te has hecho?”

Tuve que enseñarle las fotos del antes y el después para que lo viera. Y entonces sí: lo reconoció, lo elogió y lo celebró.

Siempre digo lo mismo a los pacientes: nosotros nos criticamos muchísimo más que los demás. Las personas que nos quieren no están analizando cada milímetro de nuestra cara. No buscan defectos. Ni siquiera perciben muchos de los cambios que para nosotros son gigantes. Las personas que nos quieren nos escuchan y nos valoran por lo que les aportamos.

Y, sin embargo, nos pasamos la vida autoevaluándonos con la cámara del móvil: una lente gran angular que deforma, exagera y distorsiona. La mirada de los demás —la mirada real— es mucho más generosa y mucho más precisa.

Entonces, la pregunta vuelve a aparecer:
¿Seremos capaces algún día de vivir con más fuerza desde esa imagen recibida —la verdadera— que desde la autoimagen distorsionada del móvil?

Quizá esa sea la tarea pendiente:
recordar que el móvil no sabe quiénes somos.
La gente que nos quiere, sí.

Esa es la imagen que realmente importa.

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